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Soy un poco despistado

Soy un poco despistado

Supongo que lo tendría que haber visto venir. No me di cuenta hasta más tarde, pero todo empezó cuando éramos pequeños. Yo era el que llegaba puntual y se pasaba una hora esperando a sus amigos. Y solo porque mis padres no me habían comprado un móvil y no me enteraba de que los demás se retrasaban. No negaré que quería uno, pero tampoco me mataba tenerlo, sabía que algún día llegaría.


Años después, cuando el «wassup» se convirtió en fenómeno mundial, yo no podía comprender para qué quedaba con la gente, si todos hablaban tecleando y en silencio absoluto —no pude comprarme un teléfono a la altura—. A parte de sentirme excluido, claro está. La verdad es que me dio lo mismo, había llegado a tal nivel de tedio y mala opinión sobre mis congéneres, que perder contacto con tantas personas apenas influyó en mí. Es curioso, porque en aquella época me mudé y entonces fue cuando empecé a respirar de verdad. 


Todos aquellos perfiles de extraños, las redes sociales, sms, correos... todo, todo me había ahogado hasta entonces.

Sin amigos, sin pareja, lejos de la familia... y negándome a entrar en Su juego, así es cómo pasé tres años en mi nueva ciudad. Solo, pero tranquilo. Hablaba con quien necesitaba hablar, y solo cuando necesitaba hacerlo.


Mi primer problema vino cuando me tuvieron que ingresar por neumonía. El ordenador del hospital no me encontraba; ni el estatal, ¡ni el del continente! Seguro que se ponen a buscarme y no saben ni por dónde empezar.


–Señor Bluesless...– me dijo la enfermera–, nos tendrá que abonar en metálico los gastos, ya que no aparece...


–Vale, vale –la pagué y me largué de allí. Ni siquiera tenía ganas de refunfuñar.


Me di cuenta de que habían pasado unos tres años sin estar atento a lo que ocurría en el mundo, y que, seguramente, me había quedado bastante desactualizado. Sinceramente, me daba igual. Era un fantasma, pero era feliz. No, eso tampoco. 


Digamos que mi estado emocional era plano. Sin dolor, sin alegría; el estado de equilibrio, la perfecta insignificancia. Eso parecía cabrearLe. Oh, sí, ya lo creo, eso Le ponía de los nervios. Lo que no llego a comprender, aun en estas tesituras en las que me encuentro, es por qué no hizo nada contra mí antes de aquella noche maldita.


«Una tormenta se despertó en el cielo, venida de cuatro nubes que formaron una sola, la más negra, tóxica y repulsiva nube jamás vista». Perdón, sólo quería darle ambiente. Aquella noche creí que el cielo se caía sobre nuestras cabezas, no sólo por el ruido de los truenos, bebés llorando, y perros ladrando. Todos los cacharros eléctricos y electrónicos comenzaron a bailar por la casa, vibrando y malfuncionando, emitiendo chirridos que destrozarían una mente humana normalita —no digo ya la mía, que es tirando a poca cosa—, hasta que estallaron al unísono provocando un incendio de proporciones bíblicas. Ahí es donde morí.


Sin embargo, soy consciente de mi historia y del mundo del que me he rodeado en mi vida. Calles sin farolas, carreteras sin automóviles, árboles en el jardín, barcas en el río. Pero sigo sin sentir nada, no me arrepiento de cómo he vivido y ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar. «Viene alguien...»


–Señor Bluesless. Su turno.


Me conducen en camilla hasta un despacho muy aséptico. Todo tonos claros, y presidiendo la mesa, un anciano que masca algo que no conozco.


–Señor Bluesless. Ha vivido como le ha dado la gana, me ha ignorado hasta decir basta y sin embargo, qué ironía, tengo que felicitarle por cómo ha llevado a cabo su función.


«¿¡Cómo!?» Esa pizca de curiosidad muere a los dos milisegundos.


–Eres mi obra. Mi mejor obra, diría. Eres un robot, por eso no puedes sentir a pleno rendimiento. No te voy a engañar, solo tus pulmones son «bio». Y tu parte «humana», por llamarlo de alguna manera, je je, se ha encargado de destruirlos. Muy bien, chaval, muy bien. Primero la neumonía, y después, ese cáncer. Me da igual, a lo que iba, tu razón de existir —hizo una pausa—. Te construí para que imitaras una vida humana. Aunque has comprendido los sentimientos de los demás y sus acciones respecto a ellos, tú has sido incapaz de reproducirlos, ya que te suprimimos el módulo de control de empatía. Aun así, nos sorprende la manera en que has sobrevivido y cómo alguna gente te ha querido. Tu existencia es un éxito tajante, eres el canon de ser humano que me pidieron desde Arriba, y como tal, empezaremos a producir el «modelo Bluesless» en breve. Tu «alma», o ese chip que llevas dentro, va a pasarse el resto de la eternidad en una exposición. Enhorabuena. Sin embargo hay una cosa.. ¿por qué eres tan reacio a utilizar la tecnología?


–No sé, no me gusta –le contesto sin mucho interés.


–Qué paradoja, el ser tecnológico más avanzado del momento, desprecia a su creador y toda su obra, y lo único que quiere hacer, es pasear por un pueblucho y sentarse a la orilla del río a ver cómo pasan los barcos.


Minutos después me llevan a una sala. Parece un desguace y sé a lo que vengo. «Un robot». Debí darme cuenta, mira que soy pardillo. Si me estoy viendo los cables, tendido aquí, medio desmontado. De pronto no sé qué me da, y decido que no quiero pasarme la eternidad metido en una vitrina. Cojo un soldador y empiezo a derretir mis circuitos secundarios. Estoy llegando a la parte peliaguda, me coloco en la mesa para que el soldador, en una posición fija, pueda acabar conmigo; ya no puedo moverme. Quieren hacer más como yo, pero no serían yo; yo estoy aquí y me muero. «Oh, sí, ya lo noto, ya viene». Primero es como un estado de duermevela, y un montón de imágenes se agolpan en mi cabeza. «Mira que no darme cuenta, tonto ¡tonto!». Ahora veo mi vida como el tráiler de una película. Dentro de mi cabeza, una señorita muy amable vestida de azafata me dice que voy a desaparecer en 5..., 4..., 3..., 2..., «un robot, leches, si es que hay que ser despistado», 1…

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